En los diversos estamentos de la vida humana se puede ejercer un poder que viene dado, pero eso no significa tener autoridad. La búsqueda del poder a cualquier costa es una tentación muy fuerte; se la vive en todos los ámbitos, aun cristianos. El Evangelio de hoy plantea justamente cómo tener autoridad sin ambicionar el poder.
“Quien quiera ser el primero...” Jesús cierra la discusión de sus discípulos sobre quién era el más importante proponiendo la humildad que se articula en el servicio a quienes nos rodean. Una llamada a no creerse superior a los demás o pensar que la razón está de nuestra parte y los equivocados son los otros. Al presentar como modelo de comportamiento un niño apela a la sencillez de corazón tan propia de ellos.
Dos ámbitos de análisis pueden ayudar a reflexionar. El primero, interior, sobre nuestra persona. Suele pasar que de la humildad nadie sabe mientras no llega el momento de practicarla. Tal vez pensemos que no somos engreídos, vanidosos, violentos; que tenemos el amor propio controlado y que, sólo de vez en cuando, como por descuido, salta ofendido. Preguntémonos: ¿me ofendo cuando no me escuchan, no me consultan o mi punto de vista no es tenido en cuenta? ¿Quiero tener razón, no por amor a la verdad, sino por afán de dominio? ¿Empleo un tono que deje bien clara mi superioridad o mi competencia, sin prestarme al diálogo o por pura táctica? ¿Justifico mis equivocaciones con expresiones como “creí que”, “es que”, “pensé qué” u otras semejantes?
El segundo ámbito es el externo, que se puede dar en el ejercicio del poder dado. Suele pasar que si la autoridad no proviene de la virtud del servicio, se hace del poder una tiranía. La autoridad viene del que está al servicio de los demás. Vivimos una sociedad en la que visualizamos el abuso de poder sin autoridad. En la Iglesia se sirve al ejercer la autoridad, como sirvió Cristo; y se sirve obedeciendo, como Él, hasta la muerte y muerte de cruz (Filipenses 2, 8). Y para ello hemos de entender que la autoridad es un bien muy grande, sin el cual no sería posible la Iglesia, tal como Cristo la fundó. Esto nos impulsa a estar muy unidos al Papa y a nuestros obispos. Toca a cada cristiano rezar, cuidar y estar unidos a nuestros pastores que deben ejercer el servicio de la autoridad.